lunes, 24 de agosto de 2009

El adiós a mi cuerpo




Me resta una indescifrable hora
para preludiar el adiós a mi cuerpo.
Cuerpo moldeado de polvo
por un artesano que insufla vida
en seres tan dispares como el insecto
y el hombre. Un dios que inventó la muerte
en el proceso mismo de creación,
que me enseñó a amar los libros,
la música, la aurora iluminada
por vestigios de pasión,
a los grillos y a los zorzales
en la enredadera sonora de mi ventana.

Me han concedido una hora, nada más,
para el adiós al encanto de cabalgar
por valles y praderas. Una hora para recordar
los besos de la amada, una hora para
despedirme de los tranvías y las bicicletas.
Me resta una hora que bien podría
ser un instante, para despedirme
de la escuelita de mi infancia
y de los muros de la universidad
donde encumbradas voces discurrían
sobre La Nada, mientras mi corazón latía
por la tangible piel de la mujer querida.

¿Qué extraña voluntad rige el desenlace
de espuma? ¿Quién arbitra la duración
del frágil entretejido de rosas y tormentos?
Aguardo la hora en un cuerpo que desfallece:
pesado cuerpo, corazón que late aún.
Perduro en estos brazos quietos,
los labios mudos, sin aliento, tan fríos
como la letra esculpida en el mármol de mañana.
Ha llegado el supremo instante del adiós
a mi cuerpo: de morir en él sin más palabra
.... o de Vivir eternamente.

Copyright: Silvia Evelina, Buenos Aires, Argentina, 2009.
Todos los derechos reservados.